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JAIME DAVIDOVICH
LA TIERRA PROMETIDA

NO TODO ES NIRVANA EN LA CALLE CORRIENTES, BABY.
Acaso el escaparate con la pantalla oculte la figura que se acerca.

Se vuelve a mirar a si mismo, y al hacerlo ve sus pies invisibles. En el izquierdo hay arena de mar y caracoles muertos. El mar es la única incertidumbre que puede sentir sin miedo. Nada de lo demás perdura, ni siquiera las imágenes. Eso se dice. Sin embargo al alejarse de la pantalla ve al joven, casi un baby, en el espejo. Se ven. Se sonríen. Se agradan. Pronto se revelarán las claves de los cuerpos. Así es siempre con los babys. Pero la proyección virtual del deseo se trasmuta, inesperadamente. Vestido de inglés entra un señor y se dirige al bar, un poco más tarde al baño, un poco más tarde a la calle que da a la estación Retiro. 

La ceremonia de siempre. En la estación del tren todo es relativo: la distancia, la edad... Los hombres de la estación son siempre babys, iguales a sí mismos. No así cuando se meten por la calle lateral, un pasaje que daba al vicio. Ah, no. Justificar el deseo así no es necesario, o eso creía ante el baby de turno mientras decía que sí a todo lo que el otro le decía. Sí. ¿Si? decía, poniendo la inflección equivocada en la pregunta. O simplemente sorbiendo las palabras por lo visto sin equivalencias en el mundo de los recuerdos.

Al subir por la Plaza San Martín, torciendo hacia Florida, pero esta vez con el sol de frente, se había puesto a imaginar en voz alta que dirían si los vieran pasear por Corrientes, juntos. O como habría querido contársela a los babys del Internet. Pero el otro, vengándose de tanta incertidumbre, le viró la cara diciendo que por qué no se lo contaba antes a él como habrán de suceder las cosas, y con lujo de detalles. No podía, ¿Por qué no? "De lo que no se puede hablar mejor callarse". Escribía estas cosas mientras leía los viejos apuntes de la Facultad. En el Internet hay que poder hablar con lujo de detalles hasta de lo que no puede existir: en la calle Corrientes o en el Internet hasta lo virtual envejece.

"¡Subite la corbata, che! que por Corrientes la cosa es en serio," se dice como si buscara algo del Buenos Aires real en esta mañana fácil donde a primera vista todo sucede en el mórbido espacio de una pantalla. 

Asumiendo que Corrientes 348 no cabe en la realidad -nunca dejará de ser la crónica de esa otra ilusión, el tango - se rehusó a preguntarle al portero o al vecino de al lado por qué sabía lo que iban a decir los babys del Internet, o cómo lo iba a mirar, y el otro, que lo venía mirando todo el tiempo le dijo que Corrientes 348 no sólo no existe, no ha existido nunca, y lo "de pisito que puso Maple" tampoco. Igual, entran al ascensor que aparece en el contexto del deseo. "¡Entrá nomás, che!" Es lo único que se anima a decir. Salen, avanzan por un pasillo con fotos de Gardel. "Debe ser acá". Y en lugar de mirar la sonrisa de párpados caídos, que aún entonces parecía decir yo tampoco existo, quizá no he sabido existir nunca, se da cuenta de que ya no lo aguanta más y se precipita por las escaleras que a esa hora están vacías y oscuras. Al entrar al vacío de la escalera alcanza a divisar un Magritte con vista al mar, y en el límite de la pantalla a un gallego de los de antes, en calzoncillos y gorra de dormir, que lo saluda.
Finalmente sale a Corrientes, para un taxi (como en una película olvidada), pide ir al Pasaje Seaver que ya no existe, pregunta la hora mientras espía por el retrovisor y sólo ve dos ojos gastados y abiertos como los suyos. Es la felicidad del Internet.

Ça recommence.

Una vez superada esa primera angustia se dedicó a leer los mensajes de esa mañana. Ni siquiera eso podía maquillar el dolor que sentía en el pecho. Pero se imaginó subiendo las escaleras de su casa y llegar al último, donde lo solía esperar la madre; y abrió la boca para hablarle pero todo lo que quiso decir le había estado prohibido desde siempre.

En los más alto de la escalera la madre y el hijo parecían festejar la estación de la primavera. Equivocadamente entonces, ya que tampoco eso existe. Y él se justificaba diciendo que después de todo lo virtual no es fácil, la gente se reconoce por lo que sueña, aunque no sepa por qué. Quizá por eso la mirada de la madre no lo acosa ni lo absuelve. Es la misma que en una fotografía que pudo guardar entre tantas cosas que se perdieron sonríe sin perspectiva, y el gesto de las manos y la mirada se corresponden con la visión transparente del maniquí. 

"Llévame al mar, Mamá". Quiero sentir cómo la arena de la playa se desintegra bajo mis pies.

El mar es la única incertidumbre que puede sentir sin miedo. Y juntando la palma de las manos, en ese gesto encantatorio de los orientales, se inclina ante la pantalla -quizá en esto resida todo- y ruega que lo bendigan, y que lo perdonen.

PEDRO CUPERMAN 1995


MIERCOLES 10 DE MAYO - 1995
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